jueves, 12 de julio de 2012

Día 2. Ciudad de Guatemala y Santa Catarina

A primera hora de la mañana tenemos reunión informativa con la guía del grupo que nos ofrece detalles sobre el itinerario y consejos para nuestra estancia en Guatemala. Se nos advierte ya desde el principio que la seguridad es un problema serio en el país, especialmente en la capital y en algunas de las zonas remotas que vamos a visitar.

Salimos a hacer un brevísimo recorrido por la capital. Nuestra primera parada es el Museo Ixchel, dedicado a los tejidos mayas, un aperitivo de lo que vamos a ver en los próximos días. A continuación, y por calles de tráfico caótico, anuncios que se superponen en un esfuerzo inútil por llamar la atención y autobuses que expulsan humos intoxicantes, llegamos al Parque Central, que al contrario de lo que indica su nombre es una plaza con cuatro árboles en la que se encuentra el Palacio Nacional y que constituye el centro neurálgico de la capital. En ella se congregaron miles de personas el 28 de diciembre de 1996 para celebrar alborozados la firma de los Acuerdos de Paz entre gobierno y guerrilla que pusieron fin a la más salvaje de las guerras civiles padecidas por el continente americano.

La capital es un microcosmos de la sociedad guatemalteca. Pobreza y riqueza extremas van de la mano. En las zonas residenciales se esconde ese cinco por ciento de la población que controla el 70 por ciento de las tierras mientras que en los barrios de la periferia la vasta mayoría de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. La ciudad ha crecido exageradamente en los últimos decenios, con miles de personas llegando del campo en busca de empleo y huyendo de la política de tierra quemada llevada a cabo por las dictaduras militares. Por el Parque Central desfilan lujosos automóviles americanos mientras que indios descalzos ofrecen sus mercancías a los turistas.

Dos semanas después observaría desde el aire la caprichosa geografía capitalina, resultado de sucesivos terremotos que han dejado el terreno de la capital lleno de profundos valles en lo alto de cuyos precipicios se cuelgan desesperadas las barriadas más pobres intentado no pensar en el próximo terremoto.

Visitamos el Palacio Nacional, que durante décadas fue la sede del ejecutivo pero que ahora está siendo convertido en un museo de la historia de Guatemala. En el interior del palacio se encuentra dos patios con clara influencia mora. La habitación más interesante es la Sala de Recepción. Flanqueada por vidrieras en las que se representan aspectos de la historia de Guatemala, en ella tienen lugar las recepciones oficiales y fue testigo de la firma de los Acuerdos de Paz.

En la misma plaza se encuentra la Catedral, una mezcla de barroco y neoclásico sin demasiado interés. En su interior, indios y ladinos (nombre utilizado para referirse a los no indios) rezan devotamente.
Quiriguá  
Y sin derramar demasiadas lágrimas, abandonamos la capital y emprendemos la marcha hacia el Lago Atitlán por la Panamericana, la carretera que atraviesa el continente americano de Norte a Sur. A pesar de su grandilocuente nombre, en algunos tramos la carretera no se equipararía ni a una comarcal española. Lo que no es óbice para que los conductores de los omnipresentes autobuses interurbanos -las camionetas o chicken buses como son conocidas por los extranjeros- hagan continuas demostraciones de audacia y habilidad o espíritu suicida según se quiera interpretar. Los autobuses, antiguos vehículos de transporte escolar norteamericanos reconvertidos y pintados con colores chillones y rimbombantes nombres, y adornados con diseños mayas, citas bíblicas y nombres de mujeres, dan un toque de color a toda la geografía guatemalteca. 

Conduciendo a velocidades vertiginosas, los conductores se ven ayudados en su tarea por osados copilotos que, colgados de la puerta abierta del autobús, alertan con un silbido de su llegada a potenciales víctimas de un adelantamiento. Las camionetas sólo se paran para recoger y dejar pasajeros. El tiempo mínimo imprescindible. Se ponen en marcha cuando el ayudante todavía está en el techo del vehículo ayudando a distribuir la carga de los nuevos pasajeros. No se detienen para nada más. No pasa un día en Guatemala en el que no me haga la firme promesa de poner a prueba mis riñones y corazón haciendo un largo viaje en camioneta si alguna vez vuelvo a visitar el país.

En la comodidad de nuestro pequeño microbús de 20 plazas llegamos a las ruinas de Iximché, ciudad maya fundada en el siglo XV y que se convirtió en la capital de los indios Kaqchikel. Cuando los españoles llegaron a la zona en 1524 los Kaqchikel formaron una alianza con ellos contra sus enemigos los K’ichee’ y los Tz’utujil hasta que las demandas de oro de los conquistadores pusieron fin a la alianza. 

Iximché
En las ruinas quedan cuatro plazas ceremoniales rodeadas por templos cubiertos de hierba y varios campos de pelota. En febrero de 1980 el Comité de Unidad Campesina, organización predominantemente maya, se reunió en las ruinas para emitir la Declaración de Iximché en la que identificaba la matanza de campesinos ocurrida en la embajada española como el último episodio en cuatro siglos de genocidio de los mayas por parte del Estado.
Iximché

La carretera sigue serpenteante hacia el Lago Atitlán, del que Aldous Huxley dijo en 1934 que: ‘Lake Como, it seems to me, touches the limit of the permissibly picturesque; but Atitlán is Como with the additional embellishments of several immense volcanoes’.

Lago Atitlán
El lago es el primer destino turístico de Guatemala. Mide 18 kilómetros de largo y 12 de ancho, alcanza 320 metros de profundidad y está vigilado por tres inmensos volcanes: el Tolimán (3.134 m), el Atitlán (3.535 m) y el San Pedro (3.020 m). En realidad el lago no es más que un gigantesco cráter rodeado por montañas y volcanes y sin salida natural por la superficie. 

Desgraciadamente, la persistente niebla que cubre las cumbres de los volcanes nos impedirá disfrutar de las mágicas cualidades descritas por Huxley. Pero si el Lago Atitlán atrae por su inigualable belleza, lo que a mi juicio lo convierte en un lugar extraordinario es la robustez de la cultura maya todavía visible en los pueblecitos ribereños. A pesar de que las orillas de lago se han convertido en unos de los destinos favoritos de la clase alta de la capital, la mayoría de los pueblos mantienen un carácter profundamente tradicional, siendo uno de los pocos lugares del país donde, por ejemplo, los hombres se visten con el traje tradicional.
Santa Catarina Palopó  
Nuestra base para la exploración de la zona va a ser Santa Catarina Palopó, un pueblecito de antiguos pescadores a los que la pérdida de la riqueza ecológica del lago que siguió a la introducción de la feroz lubina forzó a trabajar en el campo y dedicarse al trabajo migratorio. Santa Catarina Palopó 
Los huipiles (blusa, parte del vestido tradicional) de las mujeres de Santa Catarina, que se distinguen del resto de pueblos mayas por los colores púrpuras y azul turquesa, secuestran nuestras miradas.

Cena en el hotel. Aterriza en mi plato carne tierna y sabrosa.