martes, 24 de julio de 2012

Día 12. Tikal

Hoy nos pegamos otra gran madrugada, para llegar prontito a Tikal, pero no nos importa lo más mínimo. Tras cubrir los sesenta kilómetros que nos separan de él, a las 8 y cuarto cruzamos la entrada del Parque Nacional y a las ocho y media dejamos nuestro equipaje en las cabañas del hotel, a la entrada misma del yacimiento arqueólogico. Nuestra habitación es un auténtico zoológico, plagada de bichos de todos los tamaños y colores, correteando por el suelo, descolgándose de las paredes. Una arañita con motitas rojas en la espalda sufre un final cruento, y es que no estamos para bromas.
Tikal
Y entramos a las más majestuosa de todas las ciudades mayas, Tikal, que en su momento de mayor esplendor llegó a estar habitada por 100.000 almas. Lo primero que sorprende de Tikal es su ubicación en el medio de la selva. No se accede a ella a través de amplias y largas avenidas sino por entre medio de los árboles y acompañados por una sinfonía de cánticos animales. Cuidado, casi piso esa tarántula que cruza el camino.
Tikal
En un claro de la selva aparece la primera pirámide, una de las más de 3.000 estructuras que han identificado los arqueólogos en el gigantesco yacimiento. Seguimos avanzando por entre la maleza hasta llegar al techo de Tikal, el templo IV, con sus majestuosos 64 metros de altura. La estructura humana más alta del continente americano hasta el siglo XVIII. El ascenso hasta la parte alta del templo es extenuante pero la vista que se divisa desde arriba hace olvidar rápidamente el calor y el cansancio: delante nuestro, y hasta donde alcanza la vista, se extiende la selva; de ella sobresalen las partes más elevadas de los otros templos de Tikal, como si de barcos atravesando un océano de árboles se tratara.
Tikal
Tras bajar del templo IV atravesamos la zona del Mundo Perdido para llegar a la Gran Plaza, el formidable centro ceremonial de Tikal vigilado por dos majestuosos templos y flanqueado por dos acrópolis. Por lo peligroso del ascenso, no se permite subir al Templo del Jaguar, por lo que la única opción que nos queda es ascender al Templo de las Máscaras.
 Tikal Tikal
Los escalones son estrechos y empinadísimos; la subida es difícil
, la bajada una pesadilla –en los últimos años se han producido varias caídas con víctimas mortales– . La llegada a la parte superior del templo nos pone más cerca del cielo: la vista desde él es embriagadora.
 Tikal
Justo enfrente, el templo del Jaguar, a los lados las múltiples estructuras de las acrópolis
, a nuestros pies, los árboles poblados por ruidosas aves y no menos ruidosos monos. Un descanso bien merecido en él hasta bajar y entrar en la acrópolis. Son las doce del mediodía y la temperatura en Tikal es de 39 grados; en la acrópolis norte, como resultado del calor que refracta la piedra, rozamos los 50 grados. Sufrimos un bajón físico bastante fuerte y decidimos que lo mejor es ponerse a la sombra un buen ratito y esperar la clemencia de los elementos. Abandonamos el yacimiento para comer y visitar el pequeño pero delicioso museo en el que se guardan algunas piezas de cerámica encontradas en Tikal.

Pirámide del Nuevo Mundo / New World Pyramid  
Por la tarde volvemos a entrar a Tikal con destino a la pirámide del Nuevo Mundo. Visitantes futuros del lugar, no os perdáis esto: puesta de sol desde lo alto de la Pirámide. La luz de la tarde baña de colores cálidos los árboles y las estructuras. Con la cercanía del ocaso más y más pájaros salen a comer y lucir estridentemente sus cantos y colores. Desde arriba de la pirámide gozamos de una vista privilegiada: los templos que emergen por encima de la selva, el sol que se va aproximando a la línea del horizonte. Tras la puesta del sol tenemos que salir rápidamente del yacimiento, tenemos una escolta armada esperándonos porque el lugar no es nada recomendable una vez que ha oscurecido.

Nuestra habitación es la más cercana a la entrada de Tikal. El lugar, en una ubicación remota del país, sólo dispone de electricidad hasta las 11 de la noche, por lo que tras una pronta cena nos retiramos a descansar. Los más veteranos nos anticipan que esta noche vamos a tener unos visitantes especiales: ‘da la impresión de que los tengas metidos en el cuarto de baño’, nos cuentan. Son los monos aulladores, cuyo pasatiempo favorito, parece ser, es arruinar el descanso de los visitantes. Para un servidor, que no ha escuchado un mono aullador en su vida, la experiencia no puede ser tan mala como la pintan; más bien todo lo contrario, cuando a eso de las 2 de la madrugada me desvelo y me doy cuenta de que los monos no han aparecido siento una profunda decepción. ¡Cuán rápido voy a cambiar de opinión! A las 2.30 comienza el espeluznante aullido de uno de los monos, situados justo encima de nuestra cabaña, que durará ininterrumpido hasta las 5.30. De que la familia de monos está justamente encima de nuestra cabaña tenemos constatación muy pronto: al concierto de aullidos le acompaña el festival de lanzamiento de objetos contundentes que impactan contra el techo de nuestra habitación haciéndonos saltar de la cama una y otra vez. Ramas, piñas y otros objetos variopintos son lanzados con fuerza contra nuestro techo convirtiendo la experiencia nocturna de los simios en algo inolvidable.

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